Ayer cerré el libro que todas las noches, me llevaba al apogeo del imperio romano.
Impresionado, me dejaba caer en la Roma imperial, donde me topaba con los puestos de mercadeo, chocaba con otros peatones, los jinetes salpicaban de barro mi toga, me acosaban los mendigos sentados en las cuestas, en las arcadas o sobre los puentes…
Intuyo mi deleite, para las próximas noches, donde me perderé diariamente en la mágica Pompeya…
Y como bien decía Plinio el Joven:
No hay libro tan malo del que no se pueda aprender algo bueno…
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